jueves, 26 de abril de 2007

Cuchillo, coño y tren

Aquí a Aldo Lado se le va a mimar, porque se le adora. Un tipo con esa obsesión por la violencia, el sexo desarrapado y el rollete chungo merece honores aparte. Tiene una forma muy particular de tomarse a pecho lo que otros sólo hacen por dinero, o sea, insensato oportunismo. Si Argento está de moda, él no va a ser menos aunque irá un poco más lejos (¿Quién la ha visto morir?); le importará siempre un huevo los prejuicios de su público, él irá a saco estén como estén las cosas. Llamar la atención y provocar por las mismas vías que andan sus modelos es su máxima, pero su irrebatible personalidad cubre cualquier posible trasvase hacia la vacuidad. Sus obras lo son de autor, es un director-guionista enérgico, que disfruta con su trabajo, tan tarado y perverso como Jesús Franco o más, y con el mismo concepto del entretenimiento que tenia un Joe D’Amato, por ejemplo: dar al espectador lo que quiere, sin egoísmos ni moralinas hueras.

Para husmeadores del bizarre y la cosa chunga en el cine europeo de género, os traigo una pequeño deshecho de malos rollos y sexo infame, violencia macarra y moral chabacana. Injusto es reconocer antes al Ruggero Deodato de Trampa para un violador que al Aldo Lado de Violación en el último tren de la noche, una versión infinitamente más perturbadora, divertida y sórdida de la maravillosa La última casa a la izquierda que el absurdo sin gracia de Deodato (éste gilipollas la lleva clara conmigo). Primero, es incluso superior en el empeño técnico y visual al insustituible de Craven, hasta más enfermiza en su fondo. Por otro lado, las pretextos pro-familiares y facistoides de Craven aquí desaparecen sin que apenas se note, las humillaciones, vejaciones y asesinatos vienen arropados por una banda sonora sensacional, perfecta, sutil, inquietante, del GENIAL Ennio Morricone; una atmósfera casi de cine fantástico que pilla a cualquiera desprevenido, habiendo reconocido ya una vulgar quinqui-movie en los primeros minutos, y un emotivo “lo doy todo de mi” de un juguetón Aldo Lado.

Si las dos jovencitas que padecen las pocas pero totalmente brutales perrerías que las lleva a una muerte angustiosa como pocas se han visto (escena fetiche, la relacionada con un cuchillo, un coño acabado de desvirgar y una cara joven hermosa, pálida y con los ojos abiertos) tuvieron curiosidad morbosa y luego miedo de un par de colgaos, no sabían que lo que las empujaría (a una literalmente, ya sabéis porque lo digo o ya veréis) a morir sádicamente sería una puta rubia alemana neo-fascista, que se une al dúo de facinerosos formando un clan de depravación antológico. La recta final es prácticamente un calco nada disimulado de La última casa a la izquierda, con un par de asesinatos que son lo mejor de todo el cine de Lado, ideados con una mala leche y de un salvaje que ya quisieran muchos spaghetti. Y sí, la muletilla reaccionaria de tantos y tantos subproductos que en un principio parecen aspirar a lo mismo que Violación en el último tren de la noche, al bueno de Lado le da por el culo. Y si no me creen, vean, vean, que mi papel en el asunto acaba aquí. A lo tonto, la obra maestra de Aldo Lado. Y no exagero, disfruto, humildemente.

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