sábado, 28 de abril de 2007

Vida y milagros del hombre y el pez (los dos Sergios que se masturbaban con peces yonquis y asesinos)

Puestos a elegir, uno prefiere los sofisticados y a veces bizarros giallos del Martino de principios de los 70 que el Martino tutto-género de la última etapa (descontado tv-movies y seriales de finales de los 80 y 90), pero la mejor película del director de La perversa sr. Ward continua siendo la obligatoria La montaña del Dios caníbal, filmada en el 78 con un presupuesto importante y un año antes que La isla de los hombres peces, fantasía de SF indescriptible que recuperaba parte del encanto y espíritu aventurero de aquella.

Sin ser una maravilla, como bien parecían presagiar sus primeros minutos durante los créditos (fascinantes), es un título curiosísimo: el Lovecraft de Dagon y La sombra sobre innsmouth enredado con un típico folletín con mad doctor (con la cara de ese buen rollo de hombre que era el gran Joseph Cotten), vudú y villano zetoso. Mantiene la compostura y un agradecido misterio hasta después del naufragio de los protagonistas en la isla del título. Luego el guión se desinfla y la acción se vuelve torpe, aunque, bien mirado, y dejando un momento de lado la divertida inspiración en el loco de Providence (hay también un poco del Wells de La isla del dr. Moreau), Martino tal vez decidió volcarse hacia otros terrenos menos convencionales: hacer amigos a la cutrez y a la extravagancia de casi un Borowczyk, se ve. Mutaciones anfíbicas de hombre adictas al poper que viven en las profundidades del mar, en un viejo pueblo sumergido donde aguarda un tesoro, y salen a la superficie para que les den su droga y matar a desprevenidos porque se ponen nerviosos y un poquitin de sangre ha de haber porque si no, malo. Con esto tratamos.

Absurda, innecesaria pero bienvenida, La isla de los hombres peces acaba por resultar demasiado vana y decepciona por las posibilidades de su premisa, decantándose por la vía del destajo y el corta prisas, pero para el forofo de rarezas spaghetti y fanáticos de su director, como mua, imposible pasar de ella. Ojo a los hombres peces, si no fuera porque resulta obvio que son hombres embutidos en ridículos trajes de goma, se diría que son auténticos muñecos de trapo manejados con hilos. Martino, sólo le faltó una escena de orgía babosa con la Barbara Bach y los hombres peces, que la eché en falta y hasta la creí conveniente, visto y comprobado lo zumbado que está. Quizás con un poco más de dinero me hubiera concedido ese deseo y añadido unos extras de animales de gran peso y octanaje comiendo coños o algo mucho mejor. Ya sabe a lo que me refiero.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genial película, divertidísima y encantadora.