domingo, 6 de mayo de 2007

En la ciudad del pecado y la redención

Creo que ya va siendo hora de ponernos serios, de asumir la realidad, de auto-convencernos de la verdad, de ocuparnos de que nadie, sin excepción, desentienda nuestro compromiso para con el cine de escalofríos ultraterrenos. Sin ser los primeros, ni mucho menos, vamos a desenterrar, otra vez, el milagro que aguarda eterno, expectante, ante la mirada de esos miles de holgazanes que cada cierto tiempo necesitan creer en la magia de las películas. La auténtica, y en toda su pureza y extraño poder de seducción. Por eso mismo es este el único y sin par ejemplo de gozoso arte mayúsculo que transforma en bizantino a mordiscos cualquier otro, impugnado o no.

Con Paura nella città dei morti viventi Fulci espetó el hechizo que encauzaría a los amantes del cine fantástico por el lado correcto, dejando así que éstos no pensaran que Zombie 2 fue sólo una casualidad. Es más, con esta indescifrable, fascinante y anonadadora obra de arte Fulci se hizo a sí mismo y no igual a sus semejantes, simpáticos esbirros que rendían culto a su señor. Paura... tiene mucho en común con la matanza tejana de Hooper: impuso el color, la imagen, el sonido, la crudeza, el estallido y la abstracción que nunca más se volvería a imponer en el celuloide. Pero a diferencia de la obra maestra de Hooper, que al fin al cabo y en cierto sentido está muy alejada de los propósitos del cine de Fulci, el significado de Paura... lo hallamos únicamente en la imagen, sublevada por los mejores temas del más siniestro, atmosférico y absorbente Fabio Frizzi, a quien podríamos gritarle eso de “artista visionario”.

El gore, sangriento porque sí, en Paura... deja de pender del hilo entre la banal provocación y la complacencia para hacer de lo grotesco y la barbaridad, la exageración, la exasperación, el paroxismo y el exabrupto, arte sin más, barroco y hasta surrealista. Las distintas secuencias que dividen la película no tienen porqué significar nada más allá del goce y agradable cosquilleo que provocan en nuestro interior. Así, el fantasma/zombie del cura ahorcado es la plasmación de nuestros más íntimos deseos encarnizados; la mujer enterrada viva nuestra angustia; la pecaminosa chiquilla que, después de estar montándoselo en un coche, llora sangre y arroja su paquete intestinal nuestra sensibilidad; la maravillosa lluvia de larvas repulsivas nuestras fobias; los muertos vivientes nuestros pensamientos retorcidos; la misteriosa ciudad de Dunwich, en donde transcurren los hechos inexplicables, también delirante homenaje al escritor más famoso de Providence, nuestra alma corrupta y enferma, y el niño que corre hacia una especie de peligro invisible... eeeh... estooo... No tengo ni puta idea de lo que podría significar eso, es demasiado, y a decir verdad, que es a lo que vamos, tampoco tengo ni puta idea de lo que he querido decir hasta ahora con tanta metáfora inventada sobre la marcha. Creo que finalmente me conformaré y bastaré con deciros que Paura nella città dei morti viventi es el entretenimiento, el arte y la benevolente argucia del cine que le pido al Dios en quien no creo. Nada más piden mis ojos, sólo Fulci.

Amar el cine fantástico, en toda su categórica y maravillosa extensión, es amar a Paura nella città dei morti viventi. Si no, eres una puta mierda.

jueves, 3 de mayo de 2007

La niñita de los ojos del giallo

Los giallos no son sucedáneos de nada, capullo. No nacieron gracias a Hitchcock. Éste no tiene nada que ver. Mario Bava sembró la semilla con La muchacha que sabía demasiado. Antes ya hubieron otros directores italianos que incluían constantes propias del giallo en perspicaces películas de suspense sin color, pero Bava fue el primero en rajar en amarillo, y no en la antedicha, y magistral, prueba de despegue del género, sino en la inaudita Seis mujeres para el asesino, el giallo mismo y de importancia incalculable en el posterior torrente de macabradas sangrientas de los 70 y 80 de todo el mundo. Tenía todo el color, toda la violencia, toda la misoginia y todo el suspense que crearía escuela, empezando por el abrumador trabajo del alumno más aventajado de ésta, Dario Argento. Y fue con el primer pelotazo de éste, El pajaro de las plumas de cristal, cuando el giallo había dejado de germinar para únicamente eclosionar con una fiereza y una calidad que las mismísimas imitaciones (casi todas, dicho finamente) de los respectivos títulos de Bava y Argento citados pasarían a tener entidad propia. No todas, claro, pero si un buen puñado, en donde se encuentra la excepcional Mio caro assassino, el visible par de huevos de un Tonino Valerii grande, grande, como él solo.

Duccio Tessari mostró también un par de huevos bien a la vista en su obra maestra Una mariposa con las alas ensangrentadas; el propio Argento los volvió a mostrar, pero esta vez más gordos que en su opera prima, en el ultraclásico Rojo oscuro; Sergio Martino no era menos por aquella época y los mostró también en uno de mis giallos favoritos, La cola del escorpión. Hay bastantes ejemplos más, pero los mejores están aquí, y Mio caro assassino (Sumario sangriento de la pequeña Estefanía in spanish) es uno por los que religiosamente me agacho y la chupo (metafóricamente) por respeto al género. Son tantos pares de huevos ya, que no me hacen falta ni los míos para pasar a defender y venerar con los dientes bien afilados como suelo acostumbrar a hacerlo. Porque Mio caro assassino no merece apologías, merece sexo mental, o sea, que la follemos, que la disfrutemos, sin más ni peros que valgan, por lo que fue concebida.

Cine de cojones y tripas, compañeros: intriga morbosa, formidablemente trabada, espectacularmente filmada, musitada (Morricone haciendo maravillas de nuevo) y escrita; gratuita ultraviolencia en los asesinatos y litros de sangre, teloneados por planos subjetivos del estereotipo de asesino de guantes negros y sin rostro cámara al hombro (aquí eso de la steady no pintaba un carajo gracias a la brutal labor tras las cámaras de Valerii, sobria, tan cruda como la realidad); interpretaciones p’a cagarse (George Hilton ejerció de DIOS aquí, su culmin en el final, predicando ese monologo sobrecogedor que le lleva a descubrir al asesino, sudando, sereno, guapo, con bigote y asintiendo con la cabeza y afirmando sobre seguro “sí” al final de cada sentencia, es lo que todo actor sueña con interpretar) y una nada azarosa voluntad de querer tocar el cielo con una película de suspense y sangre de estilo sensacional y naturaleza retorcida inconfundiblemente italiana.

¿Que de qué va? Mírate la peli, valiente. No me jodas.