jueves, 8 de noviembre de 2007

Canale Fulci (1/5)

Il Fantasma di Sodoma prevalece en la filmofulcigrafía por ser una de las películas más inclasificables y ridículas de su autor, que ya es decir. Primera de la serie de tv-movies que Fulci realizó algo cansado pero no sin la ilusión que siempre ha tenido desluciendo la empírica de su particular estilo, supone una rareza bobalicona, hipnotizante por momentos y plagada de subnormalidades y estupendos hallazgos a partes iguales. Erotismo sado, adolescentes gilipollas, nazis-espectro, humor de mentira, una sola muerte hipergore y tetas, muchas tetas, para todos los gustos. Oh, genial, ¿no? Pues mira tú por donde: no, sí, a ver, en parte, bueno, no y sí, joder, quiero decir que de genial tiene un fascinante prólogo donde vemos a unos oficiales nazis, los mismos que mucho tiempo después atemorizarán postmortem a unos chavalines atolondrados, montándose unas juergas con zorras, alcohol y drogas, con puntazos verdaderamente exquisitos, como el baile del sambenito de una puta colgada desnuda sudando a mares mientras un nazi no menos colgado y sudoroso tose y aplaude en grotescos y triposos primeros planos, todo ello intercalado con absurdas imágenes de bombardeos de la 2ª Guerra Mundial y planos de colores que poco tienen que envidiar al frenesí psicodélico de Natural Born Killers; cierto misterio durante la primera mitad (el descubrimiento del caserón de campo, en donde pasó lo anteriormente descrito, por parte de los chavales, de vacaciones por la zona, los muy bohemios) y esos momentos de gore a la boloñesa con un muerto siendo paulatinamente derretido por alguna extraña fuerza sobrenatural sin ningún sentido o explicación alguna (como debe ser), supurando líquidos vomitivos y tripas podridas por todas partes. Lo demás no es del todo infumable, pero nos recuerda que si bien las flojedades de un guión prácticamente inexistente no importan, al igual que pasa con un presupuesto casi inútil, lo lacerante de un ritmo que ahora sí y que ahora no, unido ello a un final zopenco y descojonante, por pueril y tonto, lastra todo el conjunto y escenas memorables como las antedichas o el resto que tiene a ver con el sexo bizarro, el lesbianismo y la ruleta rusa (bonita escena, no es el The Deer Hunter de Cimino, pero es bien tensa, vaya), no pasan de lo anecdótico en una fulcinada cuya relación con el espectador entregado y amante incondicional del maestro se mantiene gracias a su reconocible estilo, que lo tiene, aunque en horas bajas (excesivamente absurda, demasiado, que se me entienda, es la escena en la que un par de mozos intentar salir del caserón y dan esto por perdido aun con la certeza de saber que sólo una mísera ventana de madera levemente atascada por unos barrotes los separa del exterior que, por supuesto, ven a través de ésta). Al fin y al cabo, es más entretenida que aburrida, aunque ha de serse un fanático del fantástico italiano para verla con mis mismos ojos, los cuales han llegado a un punto en que toleran lo intolerable en un plato de spaghetti con poca salsa de tomate ya.