lunes, 18 de febrero de 2008

Dulces sueñecitos, Lenzi

Pues los tiene bastante gordos este Lenzi. 7 Orquídeas manchadas de rojo o Caníbal Feroz son las primeras películas de género de Lenzi que a la gran mayoría de aficionados a la sangría latina les viene a la cabeza como las más regocijantes y conseguidas de su director. Esta peña, o no ve tres en un burro o no tiene ni puta idea. Debería preguntarse por qué La invasión de los zombis atómicos es el Lenzi-exploit más popular junto a Caníbal Feroz. Algunos mequetrefes hasta la ven como una divertida comedia alocada y cutrona de la Troma, pero la, con el tiempo, tiránica y nefasta compañía del payaso de Lloyd Kaufman jamás alcanzó semejantes valores en lo cinematográfico, ni siquiera con la magistral Combat Shock, peli de absoluto culto que muy poco tenía que ver con los refritos de sexo descerebrado, humor idiota y violencia de tebeo de los que siempre ha hecho gala la inefable productora yanqui. Claro que muchos que osan decir eso ni han visto la peli, dejándose guiar por el caspitrónico título. Si para el que esto escribe Apocalipsis Caníbal ya le parece uno de los puntos más álgidos del spaghetti-zombi, decidme a mí cómo he de pensar de La invasión...

Si miramos atrás y recordamos la era de los videoclubs de barrio saturados de ediciones de José Frade en VHS, entre otras muchas jocosas ediciones fantasma de pelis de horror directas a video o no, aunque siempre partiremos de la idea de que el ser humano ha sido igual de feliz le tocara la época en que le tocara vivir, hoy nos damos perfecta cuenta de que el dvd nos está mostrando películas que, en su día, recibieron un trato pésimo de presentación: formatos mutilados, siniestrísimas e incomprensibles censuras, copias deplorables con sonido infecto cuyas imágenes cascadas casi imposibilitaban apreciar (esos horrendos clareados pensados para televisión, por ejemplo), apenas, la foto del negativo original... La visión del espectador, entonces, se vio truncada por cojones. A veces, ni podíamos intuir la calidad, si la había. Pero eso se acabó, hostias, que no me venga nadie ya a enmierdarme estas grandes obras de lo petardo y el Zine de valientes con sus crueles y ruines palabras, desgraciaos desalmaos.

La invasión... fue la fuente de la que a gusto mamó la monumental Zombie 3, y uno de los mayores logros del cine de zombis italiano (y español, caray, y español) de los 80, asumidos todos sus numerosos y exquisitos defectos técnicos, sobre todo de racord. No tratamos con una peli de zombis pro-Romero o pro-Fulci, es como el padre bastardo de 28 Días Después, y ya no lo digo porque se traten de contagiados por los típicos experimentos químicos o gases nucleares, sino por la movilidad y actitud de los mismos, ágil, militar y veloz (son, prácticamente, bandas organizadas empecinadas con mordernos el culo y dejarnos secos, adelantándose, de esta manera, a la propia La Tierra de los Muertos). Está bien, está bien, los efectos especiales son, casi siempre, bastante pobres, pero el ritmo y la acción constantes, la cantidad de gore y violencia salvaje gratuitos, lo pretendidamente sublime y culto de su guión (que no es otra cosa que un desmadre deliciosamente hilvanado con el culo) y el estupendo y profesional hacer de un muy inspirado Lenzi tras las cámaras te dejan planchado hasta el genial final, que muchos acusan de manido y tontorrón, cuando parecen perderse, los muy capullos, una tan poco sutil como gratificante y desconcertantemente maravillosa muletilla del principio del fin, vía meta-realidad que, ridículamente pero no por ello menos convincente, pasa del subconsciente a lo puro consciente; vía una mala leche que la flipas y vía tu puta madre. Un clásico, pero rotundo. Algo inolvidable.

De regalo, un imprescindible enlace coleguil.

domingo, 3 de febrero de 2008

Canale Fulci (2/5)

Lucio Fulci era uno de los mejores directores de la historia del cine corrupto, un desperdigado en la charcutería de primera, un gamberro con un sentido del humor bastante enfermo. Un loco adorable, al que era imposible no querer desde nuestra más profunda idiosincrasia cinéfaga. No es el fetiche de baja estofa que identificamos con el cine de horror más cojonudo, es la prueba muerta viviente de que éste es aún más cojonudo como lo fue nunca gracias a él.

Quando Alice Ruppe Lo Specchio (Touch of Death, y conocida aquí como La Sombra de Lester) es un gore chapucero encantador y una comedia cerda para zumbados de vuelta de todo. Otro de sus telefilms sin perdón de dios y, probablemente, el mejor. Maníaco homicida tritura victimas con sierra mecánica para luego ponerse las botas con los restos aprovechables; sus gatines también aprovechan los manjares preparados de su amo. Como tontos. Ya nada que ver con el giallo, y sí con un despropósito que asume, no sabemos si a ciencia cierta queriendo, sinrazones surrealistas que dejan entrever el real trastrocamiento de cerebro de Fulci. El gore, al grano, es el motivo primero de este muy simpático absurdo, perverso pero cachondo, brutal pero caricaturesco. Muchas de sus escenas súper-sangrientas fueron utilizadas luego para la imprescindible Un Gatto Nel Cervello, la egomaníaca y ridícula obra maestra de Fulci.

Comedia alocada voluntaria desde el comienzo, ojo, la ya muy informal, demasiado, realización de un Fulci apresurado y decadente paradójicamente suple los inconvenientes de un guión pésimo (incluso para una comedia tan consciente de serlo), cuya conclusión final deja boquiabierto al espectador, pero de vergüenza. Se disfruta en lo global, no me entendáis mal, que su vena sucia y undergrún y sus gags surrealistas aventajan el remolino tromático que aún estaba por llegar. Un Fulci parece ser que amargado, parece ser que cagándose en tu puta madre. Un puntazo.

viernes, 1 de febrero de 2008

Mamá te cuida, y Papá también

Tranqui, eh, tranqui, no se te vayan a subir los humos a la cabeza. No me seas listillo, mamón, y que no se te llene la boca de mierda. Paciencia, hijodeputa. Dario Argento ha tardado mazo de años en concluir, por fin, su personalísima Trilogía de las Tres Madres. La he hecho en su Italia natal, en donde dice sentirse mucho más cómodo que en Estados Unidos. Lógico. Sabemos de sobra que Argento ya no es lo que era, pero algunas de sus últimas obras reciben demasiado maltrato por parte de algunos infieles comedores de mierda. Trauma es un logro, puro Argento pese a las exigencias del país de las hamburguesas que coprodujo la peli, y obra maestra es, de lo mejor de su autor, su episodio de Los Ojos del Diablo, basado en uno de los mejores relatos de su muy admirado Poe; también lo es la inconcebible El Síndrome de Sthendal, ya italiana. Se le fue la pinza un rato realizando una descafeinada y hasta cierto punto indignante nueva versión del famoso Fantasma de la Opera de Leroux, pero acto seguido sorprendió a sus fans de toda la vida con la magistral No Ho Sonno (Sleepless en Estados Unidos, e imaginativamente, Insomnio en España), un giallo explosivo en la estela del hiperclásico Rojo Oscuro, y que es, junto a Tenebre, su mejor película estrictamente sangrienta no adscrita al fantástico. Luego decayó en pura y monótona basura reciclada con la demasiado irregular El Jugador, un thriller, que no giallo, a la manera de El Silencio de los Corderos, o un Argento jugando a ser un director de cine de suspense americano, cuando él bien sabe que sólo sirve, en ese aspecto, para el giallo italiano. No en vano ha sido la mejor y más personal respuesta al género inaugurado por Maria Bava. De Do You Like Hitchcock no quiero ni hablar. Dios mío del amor hermoso, qué puta vergüenza. Cuanta costra. Mucho bien le hizo su colaboración regular en la serie Masters Of Horror, de nuevo en Estados Unidos, con la excepcional Jennifer, un bello y morboso gore moderno, y el incomprendido ultragore malsano Pelts, un excelente desfogue softcore, cuya casquería exacerbada no ensombrece su excitante estilo y curiosa estructura narrativa.

Pues bien, La Terza Madre, medio yanqui, medio italiana, es la feliz unión de dos estilos dispares: lo peor y mejor de Argento en un solo cuerpo. Olvidaos de la gracia multicolor de las bavianas Suspiria e Inferno (recordemos que el negativo obtenido en Suspiria es único, como el de Lo Que El Viento Se Llevó, peli esta que ya era medio gore, por cierto). Conviene no tener muy presente a dos películas tan hermosas e inspiradas en lo visual, aunque, digámoslo ya, La Terza Madre es la alucinada y brutal película de un maestro en posmodernista y salvaje estado de gracia. Sonidos e imagen vuelven a fluir unidos con brillantez sin par; los primeros minutos podrían haber formado parte de una auténtica obra maestra digna del barroco Argento de antaño: tensión contenida, atmósfera terrorífica y gore que se sale de madre, con esa bella Coralina a la que un enigmática enser endemoniado le arranca la lengua, la abre canal y la estrangula con sus propios intestinos, todo frente a la pantalla y con una desvergüenza pornográfica absoluta. Además, puro Argento en lo manierista y colorista. Las cosas se tuercen a continuación, que después de vertiginosos travellings y un uso demencial de la steady, Argento narra un giallo más o menos convencional dentro de lo que es una historia descabellada y deliciosa. Aquél clásico Argento esotérico ha vuelto más loco que una puta cabra. En un estilo cercano al de Terror en la Opera, obra maestra y virguería visual como pocas, no exagero, hacía tiempo que no veíamos a un Argento tan loco y personal. Digamos que La Terza Madre se aparta de elementos arcaicos asociados a la tónica general de Suspiria e Inferno y los conjuga aisladamente y en un clímax absurdo con mogollón de referencias pictóricas y obscenas (al Caravaggio más sucio) y, en especial, al Infierno de Dante. Así, detectado ya el goticismo modernoide, a Argento le da tiempo para que, en un entorno actual y urbaneta, nos presente a un grupo de Brujas (Lachrymarum, la bella Asia, prota y heroína absoluta de la peli, es un acierto insustituible, y la escena de la ducha, aún más. Cortesía del papá más amable del mundo) que da la impresión de que Las Zorras de Satán vayan a dar un concierto en la ciudad, silicona inclusive. Buenos sustos, susurros que dicen “Mother”, efectos especiales de Sergio Stivaletti que a veces, de tan explícitos y filmados con tanta luz, parecen provistos únicamente de escayola, cartón y pintura, aunque la gran mayoría son excelentes y una pasada (la muerte de Udo Kier -¡aquél experto en brujas de Suspiria!- se lleva la palma: le rajan la garganta, le cortan el tendón de Aquiles y le destrozan la cara a hachazos); Daria Nicolodi hace de espectro spielbergiano, los efectos visuales no están nada mal y nos queda la certeza, finalizada La Terza Madre, de que Argento continua siendo una promesa esperanzadora en el cine fantástico y de terror europeo y mundial. La Terza Madre es, pues, dentro de su imperfección asumida, irresistible, para quien la entienda, claro. Una de dos, tras ver La Terza Madre, Thomas de Quincey se suicidaría... o se masturbaría.